d e j e n d e
s u m a r s e
Para acercar fantasmas
enamoradamente enamoradamente
porque en una mujer a todas las
mujeres amamos
porque toda la vida un solo
poema escribimos
porque en todas las mujeres solo
a una mujer amamos
porque sólo una vez sólo una vez
sólo una vez vivimos.
Luis
Cardoza y Aragón
Al llegar tus labios como la
espuma de la mar
hasta mi piel nocturna desierta
de palabras
cuando no había astros, ni
nubes, ni lluvia
y todo era un negro cuchillo de
obsidiana.
Cuando la noche estaba poblada
de silencio,
infausta niebla sobre mi vida
aletargada,
cuando trajiste al mar, al sol y
a tu alegría,
con tu marea y mil cantares,
nació el amor;
nacieron, la magia, los
prodigios, el paisaje,
y la luna y los árboles de
frondoso follaje.
El universo cabe en ti y
mientras sueñas, miro
tu rostro en la ligereza del
instante, prolongación
del mar, fruto sagrado que bajo
el sol madura;
metáfora: te dibujo, también te
invento.
Ola deslizándose por la playa:
caricia;
no se detiene el tiempo, es
eterno: un beso;
dos pechos se unen en un litoral
nocturno;
nube que se llueve como cascada:
tu cuerpo.
Nuestro amor
amor sin litoral
noche sin límites
barca de cristal
Táctil tu roce
desprende chispas: fuego
noches obsesivas
de estrellas eternas
cuando arden nuestros
cuerpos
Las olas que se quiebran
murmurando
se van sumando, suman los
ayeres,
tiempo renovándose en imágenes:
el rojizo horizonte de la tarde
y las golondrinas parloteando
y la noche de marfil inundada de
luna,
que no calla, no canta, sino
susurra,
y en su lento río de estrellas
fantasma,
va la memoria de lo que hemos
sido,
la memoria que nos llama y nos
grita,
con ecos dejando el estado de sitio,
ecos transformados en tormenta,
remotos minaretes del desierto,
ecos que ríen con satánica mofa,
que reclaman y
olvidan y nos dejan.
Porque al diluirte amor,
eres universo contraído,
dormir de mil siglos,
ensimismado,
mar de dudas, nube iracunda,
caos;
y eres congelarse en el camino,
palabras declinantes sin
resplandor,
y vagar por callejones
desolados,
vagar de sediento y confundido
hasta encontrar la cama para
echarse,
y sorpresivamente, a tientas
ciego acaso, redescubrir el
mundo,
buscando la piel henchida de un
astro,
una hoguera deliciosa, música
que se sabe plena y encendida;
todo se consume, todo se
revierte,
amor: eres la conciencia del
presagio,
amor: eres la conciencia de la
muerte.
Adherida a mis contornos
hiedra hermosa capturante
sigue ahí, te digo,
y extiende tu verde manto
sobre mi piel que arde,
en la exclamación intensa
de la vida, que escurre
y se fuga inalcanzable.
Un espectro se va acercando,
crudo frío del invierno:
la mortaja del fastidio,
es la lepra, nuestra tumba,
quien se fastidia muere,
funesto acoso al calor
del entusiasmo, morir
del verso que crea las cosas
morir de aves en parvadas,
empolvados bríos,
morir de astros brillantes,
ante los tristes cirios;
y dónde el latir de la fe,
y la fresca noche estrellada,
y el sendero de la luna;
todo muere inoportuno
quebrantado por un cáncer,
que suplanta el fulgor
con absolutas tinieblas.
El infortunio llega así,
devasta, herida mortal,
dolor, imborrable huella,
preocupación estéril,
cruenta, intrascendible
glacial, desierta;
el infortunio es naufragio,
tú y yo viviendo
en islas alejadas de sí,
aislados como dos presos;
aquí comienza la soledad,
el tiempo amargo,
amor que amarga el tiempo,
amor que no es ya el amor,
sino la nada creciendo.
Tú y yo como dos astros,
que de tanta luz
se cegaron mutuamente,
para no advertir nunca la
caída
de nuestra ciudad de
filigrana.
Hemos
quedado ciegos
y sin
agua
las
fuentes están rotas
las vides
devoradas
tan solo
una pregunta queda
y
se inscribe en el polvo
del
desierto:
¿De qué sirves existencia
si toda arquitectura espiritual
que se construye
cae en la inminencia de un
instante traicionero
si todo espejo en que miramos a
nuestro ser contrario
lo rompe el destino con viento
atroz?
En tu reloj se marca la hora de
la desgracia
la hora en que perdimos la luz.
Y al evaporarte amor
dejas
huella amarga en el desierto
la nada
el vacío
la nada
Cataclismo
búsqueda
alucinante del ser
a
tientas siempre
por
un laberinto subterráneo.
Estamos
condenados a pasar del día a la noche
de la gloria a la desdicha
del triunfo al fracaso
del amparo al desamparo
de crear nubes para desvanecerlas,
de ser héroes a verdugos
y caer en un instante
heridos en la confusión.
Pero
ella vuelve, lluvia,
con el solo ritmo de una
palabra,
con cadencia y líquido rostro
delgado cuerpo, riachuelo
montañés;
ella se inventa como los poemas,
en su piel no existe la erosión,
su espalda: llanura que palpan
mis manos,
cálido sendero de la noche,
esencia del mar entre mis
brazos,
seductor códice de lunares.
Su cuerpo es aljibe en el
desierto
que la muerte no debiera tocar
nunca.
He vuelto a ti
mirada de mar
que veo surgir
de entre las ruinas
mirada de sol
asomando de nuevo
tras horizonte
Y al volver a ti
mi voz se vuelve viento
viento que te toca
Y al sentirte así
mi corazón se vuelca
besando tu boca
Y un árbol crece
nos crece nos arropa
música suave
que mece nuestros cuerpos
nos protege
nos entrega y nos amolda
Si
la noche cae
que
sea contigo
para
irnos lejos
por
el sendero
blanco
de luna
para
irnos lejos
de
la angustia
la
que nada respeta
para
irnos lejos
y
ser inquilinos
del
mar y sus estrellas
Si
la noche cae
que
sea contigo
solo
contigo
entre
tus brazos
solo
en tus brazos
mi
alma entera
Dejo de escribir
el viento
lo advierte
y disuelve esta página
la noche avanza
busca luz desde
su crespón obscuro.
Ya no busco más luz,
mucha llevo dentro,
mucha me la has dado;
porque tú ere mi colina,
mi lecho, mi punto de inicio;
cuerpo de cantera rosa,
suave musgo, tu vientre,
valle donde el sol siembra sus
semillas,
esbelto follaje en que sueño
recostado
mis sueños de ceniza.
Cuando los ayeres dejen de
sumarse,
suéñame, invéntame otra vez,
en nuestros sitios, nuestras
plazas,
nuestros amorosos trolebuses,
suéñame, en oír una caracola
buscando tu voz;
suéñame escribiendo una palabra
que fue tuya y mía,
rescatada a besos.
Suéñame de mirada serena
en mi origen, esta ciudad amada,
que me ahoga lentamente;
mírame caminar por la Alameda
San Ángel, Mixcoac
o acaso por ahí por Santa María
la Ribera
calle de Plateros, o Parque
España,
cerca de donde el tren se
encamina
de las vías donde me encontré
divagando algunas tardes
difíciles.
Mírame caminar por nuestra otra
ciudad,
esa en que levantan fuentes de
azulejos,
esa enaltecida con ángeles y
cúpulas
ciudad de la paz soñada,
esa paz que no tuvimos.
Suéñame, pero no en blanco y
negro,
dame los colores de la selva,
como jaguar al acecho,
como de enorme ceiba;
libérame en la noche
de toda duda, y abrázame
y canta una canción
y duerme conmigo.
Dejo de escribir
para mirar tus ojos,
para despetrificarme;
para explorar tu cuerpo,
para esculpirte;
hoy te bañaré de flores
sobre una concha marina,
y seremos inmortales
como el fuego, como el agua,
hoy voy a morir en tus brazos
para ganarle a la muerte
un instante al menos,
a la muerte
que es la vida misma.


No hay comentarios:
Publicar un comentario