viernes, 16 de marzo de 2018

CUANDO LOS AYERES DEJEN DE SUMARSE | Los Andamios de la Noche | Carlos Lázaro - LAN 0013




C u a n d o   l o s    a y e r e s
d e j e n   d e   s u m a r s e



Para acercar fantasmas enamoradamente enamoradamente
porque en una mujer a todas las mujeres amamos
porque toda la vida un solo poema escribimos
porque en todas las mujeres solo a una mujer amamos
porque sólo una vez sólo una vez sólo una vez vivimos.

                                                              Luis Cardoza y Aragón




Al llegar tus labios como la espuma de la mar
hasta mi piel nocturna desierta de palabras
cuando no había astros, ni nubes, ni lluvia
y todo era un negro cuchillo de obsidiana.
Cuando la noche estaba poblada de silencio,
infausta niebla sobre mi vida aletargada,
cuando trajiste al mar, al sol y a tu alegría,
con tu marea y mil cantares, nació el amor;
nacieron, la magia, los prodigios, el paisaje,
y la luna y los árboles de frondoso follaje.
El universo cabe en ti y mientras sueñas, miro
tu rostro en la ligereza del instante, prolongación
del mar, fruto sagrado que bajo el sol madura;
metáfora: te dibujo, también te invento.
Ola deslizándose por la playa: caricia;
no se detiene el tiempo, es eterno: un beso;
dos pechos se unen en un litoral nocturno;
nube que se llueve como cascada: tu cuerpo.


        Nuestro amor
        amor sin litoral
        noche sin límites
        barca de cristal

        Táctil tu roce
        desprende chispas: fuego
        noches obsesivas
        de estrellas eternas
        cuando arden nuestros cuerpos

Las olas que se quiebran murmurando
se van sumando, suman los ayeres,
tiempo renovándose en imágenes:
el rojizo horizonte de la tarde
y las golondrinas parloteando
y la noche de marfil inundada de luna,
que no calla, no canta, sino susurra,
y en su lento río de estrellas fantasma,
va la memoria de lo que hemos sido,
la memoria que nos llama y nos grita,
con ecos dejando el estado de sitio,
ecos transformados en tormenta,
remotos minaretes del desierto,
ecos que ríen con satánica mofa,
que reclaman  y olvidan         y nos dejan.


Porque al diluirte amor,
eres universo contraído,
dormir de mil siglos, ensimismado,
mar de dudas, nube iracunda, caos;
y eres congelarse en el camino,
palabras declinantes sin resplandor,
y vagar por callejones desolados,
vagar de sediento y confundido
hasta encontrar la cama para echarse,
y sorpresivamente, a tientas
ciego acaso, redescubrir el mundo,
buscando la piel henchida de un astro,
una hoguera deliciosa, música
que se sabe plena y encendida;
todo se consume, todo se revierte,
amor: eres la conciencia del presagio,
amor: eres la conciencia de la muerte.



        Adherida a mis contornos
        hiedra hermosa capturante



        sigue ahí, te digo,
        y extiende tu verde manto
        sobre mi piel que arde,
        en la exclamación intensa
        de la vida, que escurre
        y se fuga inalcanzable.




        Un espectro se va acercando,
        crudo frío del invierno:
        la mortaja del fastidio,
        es la lepra, nuestra tumba,
        quien se fastidia muere,
        funesto acoso al calor
        del entusiasmo, morir
        del verso que crea las cosas
        morir de aves en parvadas,
empolvados bríos,
morir de astros brillantes,
ante los tristes cirios;
y dónde el latir de la fe,
y la fresca noche estrellada,
y el sendero de la luna;
todo muere inoportuno
quebrantado por un cáncer,
que suplanta el fulgor
con absolutas tinieblas.


        El infortunio llega así,
        devasta, herida mortal,
        dolor, imborrable huella,
        preocupación estéril,
        cruenta, intrascendible
        glacial, desierta;
        el infortunio es naufragio,
        tú y yo viviendo
        en islas alejadas de sí,
        aislados como dos presos;
        aquí comienza la soledad,
        el tiempo amargo,
        amor que amarga el tiempo,
        amor que no es ya el amor,
        sino la nada creciendo.


        Tú y yo como dos astros,
        que de tanta luz
        se cegaron mutuamente,
        para no advertir nunca la caída
        de nuestra ciudad de filigrana.


        Hemos quedado ciegos
y sin agua
las fuentes están rotas
las vides devoradas
               



tan solo una pregunta queda
                y se inscribe en el polvo
                del desierto:
¿De qué sirves existencia
si toda arquitectura espiritual
que se construye
cae en la inminencia de un instante traicionero
si todo espejo en que miramos a nuestro ser contrario
lo rompe el destino con viento atroz?
En tu reloj se marca la hora de la desgracia
la hora en que perdimos la luz.


Y al evaporarte amor
dejas huella amarga en el desierto
la nada
                el vacío
                               la nada

                Cataclismo
                        búsqueda alucinante del ser
                a tientas siempre
                        por un laberinto subterráneo.
                Estamos condenados a pasar del día a la noche
                    de la gloria a la desdicha
                    del triunfo al fracaso
    del amparo al desamparo

                    
               de crear nubes para desvanecerlas,
               de ser héroes a verdugos
               y caer en un instante
       heridos en la confusión.


                Pero ella vuelve, lluvia,
con el solo ritmo de una palabra,
con cadencia y líquido rostro
delgado cuerpo, riachuelo montañés;
ella se inventa como los poemas,
en su piel no existe la erosión,
su espalda: llanura que palpan mis manos,
cálido sendero de la noche,
esencia del mar entre mis brazos,
seductor códice de lunares.
Su cuerpo es aljibe en el desierto
que la muerte no debiera tocar nunca.



        He vuelto a ti
        mirada de mar
        que veo surgir
        de entre las ruinas
        mirada de sol
        asomando de nuevo
        tras horizonte




        Y al volver a ti
        mi voz se vuelve viento
        viento que te toca

        Y al sentirte así
        mi corazón se vuelca
        besando tu boca


        Y un árbol crece
        nos crece nos arropa
        música suave
        que mece nuestros cuerpos
        nos protege
        nos entrega y nos amolda



                Si la noche cae
                que sea contigo
                para irnos lejos
                por el sendero
                blanco de luna
                para irnos lejos
                de la angustia
                la que nada respeta
                para irnos lejos
                y ser inquilinos
                del mar y sus estrellas


                Si la noche cae
                que sea contigo
                solo contigo
                entre tus brazos
                solo en tus brazos
                mi alma entera



Dejo de escribir
el viento lo advierte
y disuelve esta página
la noche avanza
busca luz desde
su crespón obscuro.


Ya no busco más luz,
mucha llevo dentro,
mucha me la has dado;
porque tú ere mi colina,
mi lecho, mi punto de inicio;
cuerpo de cantera rosa,
suave musgo, tu vientre,
valle donde el sol siembra sus semillas,
esbelto follaje en que sueño
recostado
mis sueños de ceniza.



Cuando los ayeres dejen de sumarse,
suéñame, invéntame otra vez,
en nuestros sitios, nuestras plazas,
nuestros amorosos trolebuses,
suéñame, en oír una caracola
buscando tu voz;
suéñame escribiendo una palabra
que fue tuya y mía,
rescatada a besos.
Suéñame de mirada serena
en mi origen, esta ciudad amada,
que me ahoga lentamente;
mírame caminar por la Alameda
San Ángel, Mixcoac
o acaso por ahí por Santa María la Ribera
calle de Plateros, o Parque España,
cerca de donde el tren se encamina
de las vías donde me encontré
divagando algunas tardes difíciles.


Mírame caminar por nuestra otra ciudad,
esa en que levantan fuentes de azulejos,
esa enaltecida con ángeles y cúpulas
ciudad de la paz soñada,
esa paz que no tuvimos.



Suéñame, pero no en blanco y negro,
dame los colores de la selva,
como jaguar al acecho,
como de enorme ceiba;
libérame en la noche
de toda duda, y abrázame
y canta una canción
y duerme conmigo.

Dejo de escribir
para mirar tus ojos,
para despetrificarme;
para explorar tu cuerpo,
para esculpirte;
hoy te bañaré de flores
sobre una concha marina,
y seremos inmortales
como el fuego, como el agua,
hoy voy a morir en tus brazos
para ganarle a la muerte
un instante al menos,
a la muerte
que es la vida misma.








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