viernes, 16 de marzo de 2018

LLUVIA Y ORIGEN | Carlos Lázaro - LAN 0002




                                                                              A Laura, donde la lluvia la sorprenda



Y NUEVAMENTE, la lluvia, diluvio que canta la vida cayendo sobre las selvas, los desiertos, los sembradíos, las vastedades; agua de la nube decantada impregnando todo lo que toca; agua que se abisma por barrancas donde musgos, líquenes y helechos crecen a la sombra del encino.


    Nubes entregándose hasta colmar las cuencas de los lagos lenta, muy lentamente en su transcurrir constante; madres del cristal del tiempo, lenguaje corriendo ríos llegando al mar, volviendo en lluvia.

     Amanece: cubriendo los pastizales, en sucesión de brillos, aparecen trémulas gotas sin edad, habitantes del escenario del mundo. Y en el cielo, cirros, nimbos, cúmulos y estatus, na-vegan como galeones en el viento y sus velas despliegan en mástiles altísimos, para ir rumbo del puerto de una serranía, donde anclar puedan las líquidas naves a vertirse por la noche, yo lo sé.

      Lluvia, líquida luz sin reposo, desde esta tarde voy pre-gonando como un sol oculto, como un animal dormido, pregono tus victorias en los bosques serranos y en los barrancos del verdor, incitante correr de ríos puliendo piedras, formando geodas escarlata, música constante y cristalina, diáfana y eterna.

     La lluvia despliega sus alas de nube, águila blanca de espesos vapores esculpidos por el viento; piedras aparentes, mimetismo gris desparramando en estelas por todas partes. 

     Una y mil veces lluvia, deslumbran sus relámpagos, látigos de atracción, serpientes de luz instantánea. El rayo es su palabra,                                       
su canto el impacto con la tierra, anuncia de que arriva, que vuelve para bailar con el viento en su morada, para empaparnos para limpiar nuestras penas.
    Cada gota que pende de una rama, es tiempo convertido en transparencia, nuestras manos son árboles que se conjugan, universo, y todo universo es árbol, bajo su fronda el refugio de nuestros cuerpos, profunda es su raíz y fuerte su tronco.
        Y ahora, sobre mi pecho, ¿puedes oí lo que dice el cora- zón?....Está lloviendo en mí.
        Los pájaros cantan los días en nuestra fronda, su canto es dicha; en nuestras ramas sostenemos sus nidos de eternidad.
       Cuando me besas, cae una gota del vivo mundo en mi frente y es bautismo y renacer en la plenitud del día.
     Nuestro amor se celebra con la llegada de la lluvia. Salgamos a mojarnos bajo sus extensos algodones grises y a correr por la roja explanada, por siempre, por siempre, mientras la lluvia exista, mientras el agua corra.
         Los días se van, tu permaneces indisipable en la esencia del agua. Cuando llueves en mí, puedo escuchar el murmullo del viento sobre las arboledas, la pasión esculpe cada uno de mis días y es la humedad de tus labios que guardo para mis noches.
         Cierra los ojos, a partir del tacto, de lo real, has entrado a la otra realidad, la que inventan las palabras, región donde se crea y se recrea, como en un espejo, la unión de dos miradas: exploración en labios y cuerpo de ese reflejo celebrado, habrá que trazar el curso compartido en el instante, el que va siempre con nosotros. ¡Está lloviendo!¡Que siga lloviendo!, el mundo es más real cuando llueve.





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